miércoles, 14 de enero de 2009

ReKuperando nuestra memoria históriKa

--Desde Rapsodia libertaria vol. II - LOS MUERTOS DE CRISTO--



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CARMEN LUNA (1.888 - 1.936)
(POR QUIÉN DOBLAN LAS CAMPANAS)




Voy a escribir una historia muy triste, la historia de mi familia y de mi madre, Carmen Luna Alcázar, asesinada cobardemente en 1.936. Su único delito fue tener un profundo sentido de la justicia y pasear la bandera republicana por las calles de Utrera el día que los republicanos ganaron las elecciones.

Éramos nueve hermanos, los tres mayores: Alfonso, Rafael y yo Dalia éramos hijos del primer matrimonio de mi madre, apellidados Romero Luna. Los seis mas pequeños, Azuzena, hoy Dolores, Camelia después llamada Carmen, Violeta hoy Rosario, Germinal, hoy Francisco, Progreso, hoy José y Libertad luego llamada Josefa eran hijos del segundo matrimonio de mi madre con Francisco Peña, jornalero campesino que era muy bueno y trabajador. Yo le llamaba ''Sisco'', ya que mi madre nuca nos obligó a llamarle padre.

Vivíamos en Utrera, provincia de Sevilla. Mi madre, que vendía frutas y verduras en la Plaza de Abastos, era la que nos traía las noticias. Vivíamos en una choza, en la mayor pobreza, aunque nunca nos acostábamos sin comer, pues nuestra madre revolvía cielo y tierra para traer algo a casa. Iba a sevilla tres veces por semana, a la plaza de la Encarnación, para comprar alimentos que revendía en Utrera y así sacar unas perras para darnos de comer.
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Pasaron los tres primeros años de la República. Tanto mis dos hermanos mayores como yo estábamos afiliados a la CNT. Yo pertenecía a las Juventudes Libertarias. Creo recordar que mi madre no tenía el carnet sindical, ya que no tenía tiempo para nada pues cada año tenía un hijo y casi siempre estaba enferma.
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Cuando llegaron las primeras máquinas segadoras, y aunque mi madre decía ''mientras yo tenga los ojos abiertos no quiero que mis hijos trabajen para ningún señorito'', mi hermano mayor Alfonso, con 18 o 19 años se fue a trabajar con una de estas máquinas, con tan mala suerte que se le rompió la correa y le cayó encima, por lo que estuvo tres meses entre la vida y la muerte. Los médicos le dieron la inutilidad total y ahí comenzó la lucha. El patrón no quería pagarle la indemnización como accidente laboral y mi madre empezó a moverse, buscando abogados, hasta que consiguió que le pagaran. Esto motivó su ficha por parte de los capitalistas y el Clero.
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En la plaza de Abastos mi madre estaba mal vista por unos y muy bien vista por otros. Siempre era ella la que daba la cara cuando había una injusticia, aunque fuera de poca importancia. Por ejemplo, durante la temporada de las uvas la policía Municipal quitaban el sitio a personas que estaban allí vendiendo todo el año para dárselo a otras que llegaban de los Palacios a vender sus uvas. Los perjudicados recurrían a Carmen Luna para ir a protestar ante las autoridades, y llegndo el momento la dejaban sola. Nosotros le decíamos ''mamá, no te metas en nada, que se defiendan ellos, que después no te apoyan''. Una vez llegron al mercado los Hermanos de la Cruz pidiendo, y ella les dijo ''yo tengo nueve hijos y nadie me da nada''. Se fueron haciéndole la cruz como si fuera el diablo. Esto es todo el mal que hizo mi madre.
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Durante el llamado ''Bienio Negro'' los sindicalistas eran encarcelados y apaleados brutalmente. Mis dos hermanos Alfonso y Rafael fueron a la cárcel, uno acusado de haber prendido fuego a un trigal y otro de haber amenazado a uno que trabajaba durante una huelga. No tenían ni veinte años.
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Había en Utrera un guardia civil, al que decían el ''Bizco'', que gozaba cuando pegaba. Una vez cogieron a dos jóvenes, los colgaron por los pies y les pegaron hasta que perdieron el conocimiento.
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En el sindicato se formó un grupo artístico, al que yo pertenecía. Un día mis hermanas y yo, que era la mayor, decidimos cambiar nuestros nombres y llamarnos Dalia, Camelia, Violeta y Azucena. A los varones, que aún eran niños, les pusimos Germinal y Progreso. Para afianzarnos en ello, no contestábamos cuando nos llamaban por nuestros nombres anteriores. Cuando llegó nuestra madre y se lo contamos se echó a reír. Más tarde nació otra hermana, a la que registramos como Libertad. No creo que esto fuera ningún crimen, pero al capitalismo y a la religión sí se lo pareció.
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A medida que crecimos fuimos mejorando y llegamos a tener un campo arrendado con viñas, árboles frutales y terreno donde sembrábamos de todo. Todos trabajábamos en él y teníamos gallinas, cerdos y una vaca que daba mucha leche, aunque no la podíamos tomar porque nuestra madre tenía que venderla para comprarnos otras cosas necesarias. Allí había un guardia rural conocido como ''El Polaco'', que al parecer era amigo de mis padres y que nos frecuentaba bastante. Un año mi madre le prometió un cerdo. La fatalidad quiso que los cerdos se escaparan. No pudimos darle el cerdo al guardia rural, y ahí empezó el problema.
(...)

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